10 de marzo de 2017

Theatrum: SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SAN FRANCISCO JAVIER, iconografía barroca al servicio de la Contrarreforma












SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SAN FRANCISCO JAVIER
Gregorio Fernández (Hacia 1576, Sarria, Lugo-Valladolid 1636)
Hacia 1622
Madera policromada
Real Iglesia de San Miguel y San Julián, Valladolid
Escultura barroca española. Escuela castellana














El 12 de marzo de 1622 el papa Gregorio XV canonizaba cinco nuevos santos: los españoles San Isidro Labrador, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, junto al italiano San Felipe Neri. El hecho fue celebrado en toda España con grandes festejos de todo tipo, tantos cívicos como religiosos, proliferando en un clima de entusiasmo las procesiones y los sermones. En el caso de Santa Teresa hemos de recordar, con motivo de su beatificación en 1614, los múltiples sermones y las justas poéticas celebradas en la corte madrileña, donde actuó como mantenedor Lope de Vega y donde participó Cervantes cantando los éxtasis de la nueva beata1, fastos que tuvieron su correlación en Valladolid, donde Gregorio Fernández hizo la primera representación escultórica de la santa abulense, hoy en la iglesia del Carmen Extramuros de Valladolid.

En efecto, una de las primeras consecuencias fue la petición de sus representaciones iconográficas a los más afamados maestros, especialmente desde las comunidades carmelitas y jesuíticas, que los artistas tuvieron que inventar en base a diferentes fuentes de información. En plena efervescencia barroca, la creación iconográfica se polarizó en torno a dos focos cuyos talleres marcaban por entonces las tendencias estéticas del momento: Valladolid y Sevilla.


San Ignacio de Loyola en su retablo de la iglesia de San Miguel de Valladolid
En Valladolid el fenómeno no era nuevo, pues ya se había experimentado pocos años antes con motivo de la beatificación de estos santos, siendo Gregorio Fernández el creador de unos modelos arquetípicos que tendrían una enorme aceptación. En el caso de Santa Teresa el escultor creó en 1615 el modelo ya citado de la iglesia del Carmen Extramuros de Valladolid, repetido con fidelidad para el convento de las Descalzas de Burgos, alcanzando mayor relevancia tras la canonización de la santa, cuando Gregorio Fernández encontró como aliado al padre Juan de Orbea, prior del convento del Carmen Calzado, Provincial de los Carmelitas en Castilla, devoto de la santa abulense y ferviente admirador del escultor, que ejerció como mecenas recomendando las obras del gallego a muchos conventos carmelitanos.

Hacia 1624 Gregorio Fernández realizaba una segunda versión de Santa Teresa para el convento del Carmen Calzado, hoy en el Museo Nacional de Escultura, conociéndose por Jesús Urrea2 las celebraciones con motivo de su canonización en la iglesia de dicho convento, para las que en el taller de Gregorio Fernández se elaboraron en imaginería ligera cuatro grandes ángeles que fueron colocados sobre pedestales junto a los pilares del crucero, dos de ellos portando estandartes (Museo Nacional de Escultura) y otros dos con función honorífica de maceros (Catedral de Valladolid), teniendo continuidad los fastos en celebraciones callejeras en las que fueron parte esencial los festejos taurinos3.

Retablo-relicario de San Ignacio de Loyola
Otro tanto ocurriría con las imágenes de los santos jesuitas San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, de los que Gregorio Fernández disponía en Valladolid de fuentes suficientes para informarse, pues es evidente que la Compañía de Jesús formaba parte de su clientela habitual. En un mundo de apariencias como era el Barroco, fue común que las instituciones intentaran consolidar su reputación, su prestigio y su autoridad a través de imágenes elocuentes, siendo especialmente evidente el caso de la Compañía de Jesús, que jugó un destacado papel en la propaganda del triunfo de la Contrarreforma. Ajustándose plenamente a estos postulados, la orden encontró un intérprete idóneo en Gregorio Fernández, que la benefició con la creación de nuevas iconografías de los santos fundadores, cuya difusión fue determinante en el arte durante décadas.

Como era habitual en sus centros, la Compañía de Jesús, que en Valladolid contaba como benefactores a los condes de Fuensaldaña como pertenecientes al linaje de los Borja, quiso contar en la iglesia con un importante relicario. La obra se concertó en 1613 con el ensamblador Cristóbal Velázquez, junto al que trabajarían sus hijos Francisco y Juan, así como Melchor de Beya, ocupándose también todos ellos de elaborar las urnas y cartelas, mientras que a Gregorio Fernández se encomendaban los bustos de los Santos Padres de la Iglesia Latina y de la Iglesia Griega, en los que estuvo trabajando entre 1613 y 1616, así como la supervisión de la obra.

Poco después fue descartado el proyecto inicial de un gran retablo relicario para decantarse por dos retablos relicarios colaterales que irían colocados en el crucero y cuya traza se inspiraba en la decoración proyectada por el arquitecto Girolamo Rainaldi para la fachada de San Pedro del Vaticano en las fiestas de canonización de San Carlos Borromeo4, para los que Gregorio Fernández había concertado hasta treinta y tres esculturas de distintos formatos.

Gregorio Fernández. San Ignacio de Loyola, h. 1622
Iglesia de San Miguel, Valladolid
Sin embargo, la canonización de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier en 1622 hizo replantear la disposición de la estructura inicial de estos retablos, modificándose los áticos e incluyendo grandes hornacinas centrales para albergar las imágenes de los nuevos santos jesuitas. Las obras fueron encomendadas al ensamblador Marcos de Garay, mientras que las esculturas de novedosa iconografía fueron solicitadas a Gregorio Fernández, que debió comenzarlas poco después de que los santos fuesen canonizados.

LA REPRESENTACIÓN DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

San Ignacio de Loyola fue el fundador de la Compañía de Jesús, tras su contacto en París con un grupo en el que se encontraban Pedro Fabro, Diego Laínez y Francisco Javier, siendo la Orden aprobada por el papa Paulo III en 1540. Como el santo no se dejara retratar en vida, el día de su muerte se hizo una mascarilla funeraria que fue coloreada por el piamontés P. Giovanni Battista Velati. De ella se hicieron varias copias en cera, una de las cuales fue traída a España por el padre Pedro de Ribadeneyra5, que, para atenuar los rasgos mortuorios de la mascarilla, encargó al escultor jesuita Domingo Beltrán un modelo en barro de la cabeza con las facciones suavizadas. Este sería la fuente para el retrato realizado por el pintor Alonso Sánchez Coello en 1585, del que haría dieciséis copias más, del grabado realizado en 1597 por Pedro Perret, a petición del propio Ribadeneyra, y del grabado realizado en 1580 por Jan Sadeler.

Gregorio Fernández. San Ignacio de Loyola, 1610-1613
Colegiata de San Luis de Villagarcía de Campos (Valladolid)
Aquellos retratos fueron la base para la recreación de San Ignacio de Loyola realizada por Gregorio Fernández para el colegio jesuita de Villagarcía de Campos (Valladolid) con motivo de la beatificación del santo en 1610, donde le presenta revestido del hábito jesuita negro y sujetando el libro de sus Constituciones, del que en 1614 haría una versión mimética para el antiguo Colegio de la Compañía de Jesús de Vergara (Guipúzcoa), obra policromada por Marcelo Martínez que está perfectamente documentada6.

Sin embargo, la imagen de San Ignacio de Loyola realizada para el centro jesuítico de Valladolid en 1622, colocada en el retablo-relicario del lado de la epístola de la actual iglesia de San Miguel, difiere de aquellas en algunos elementos. Su composición es más abierta, pues presenta los dos brazos levantados, sujetando en el izquierdo la maqueta de un templo clasicista, como símbolo de fundador de una orden eclesiástica, y portando en la mano derecha un símbolo jesuítico, con forma de custodia radiante, en cuyo interior contiene el anagrama "IHS" que alude a la Compañía por él fundada. Su cuerpo aparece de nuevo revestido por el hábito jesuita, compuesto por una sotana negra con alzacuellos, que se ceñiría  con un cinturón postizo de cuero real (desaparecido), que en la parte inferior presenta los característicos pliegues fernandinos de tipo anguloso y aspecto metálico, así como un manto con solapa que abierto difiere de sus primeras versiones, en las que el manteo aparecía replegado y cruzado al frente. En este caso, como ocurre en otras de sus esculturas, el manto ofrece el mayor naturalismo por estar tallado virtuosamente en finas láminas, simulando un paño real.

Gregorio Fernández. San Francisco Javier, h. 1622
Real iglesia de San Miguel y San Julián, Valladolid
Verdaderamente extraordinario es el trabajo de la cabeza, tallada por separado del cuerpo, al igual que las manos, y encajada mediante vástagos, con las características de un auténtico retrato que pudo ser tomado de una de las mascarillas de cera. De forma muy redondeada, presenta una pronunciada calvicie, la frente ancha y un rostro de gran morbidez, tallado con gran blandura, con las venas enfatizadas en las sienes y arrugas de la piel remarcadas en los párpados.

La obsesión por el mayor naturalismo se patentiza en la incorporación de elementos postizos, como los ojos de cristal, con la mirada dirigida a lo alto, el desaparecido cinturón de cuero al que se ajustan los pliegues de la cintura, la maqueta de la iglesia, con dos torres y cúpula, y el ostensorio metálico con piedras preciosas engarzadas, a lo que se suma la corona en forma de diadema radiada que se inserta en una ranura practicada en el cráneo.

Realza su realismo la policromía aplicada por Marcelo Martínez en 1623, con matices propios de una pintura de caballete en la cabeza, con partes sonrosadas y barba incipiente, así como una vistosa orla que recorre el manto con labores de pedrería, otra que en el cuello simula perlas y pequeñas cenefas doradas en el alzacuellos, todo ejecutado a punta de pincel.   

LA REPRESENTACIÓN DE SAN FRANCISCO JAVIER

Forma pareja con el anterior, sobre el que ejerce como contrapunto. Ocupa la hornacina central del retablo-relicario del lado del evangelio y su historia es paralela a la imagen de San Ignacio de Loyola.

La escultura de San Francisco Javier puede considerarse como uno de los prototipos más logrados y personales de Gregorio Fernández. El santo aparece revestido por el hábito jesuita, compuesto por una sotana con alzacuellos y un manto que, a diferencia de la escultura de San Ignacio, se cruza al frente para apoyar uno de los cabos sobre el brazo izquierdo, recurso que produce un juego de pliegues diagonales, de trazado muy quebrado, que rompe el sentido verticalista de la figura, igualmente con partes trabajadas en finas láminas que sugieren una textura real.

También presenta los brazos levantados, de acuerdo a los recursos expresivos barrocos, lo que le permite moverse con libertad en el espacio, en este caso con la mano izquierda sugiriendo sujetar algún objeto y portando en su mano derecha un bordón rematado en forma de cruz. De nuevo la cabeza y las manos fueron talladas por separado y después ensambladas, ofreciendo en conjunto un aspecto más joven que San Ignacio, a lo que contribuye el cabello apelmazado que casi cubre las orejas y cae sobre la frente como un flequillo recto formado por pequeños mechones paralelos.

A diferencia de la cabeza de San Ignacio, en la de San Francisco Javier el escultor tuvo que recurrir a sus dotes creativas para recrear el supuesto aspecto del rostro del santo, aunque repite el tratamiento mórbido de la carnación, en este caso con la boca entreabierta, con los dientes visibles, y pequeñas arrugas junto a los párpados. Asimismo, en el cráneo lleva practicada una ranura para sujetar una corona del tipo de diadema radiante.

La policromía, que fue recuperada cuando la obra fue restaurada con motivo de ser presentada en la exposición Testigos, edición de Las Edades del Hombre celebrada en la catedral de Ávila el año 2004, se ciñe a los realistas matices de las carnaciones mates, que incluyen una barba incipiente, y al color negro del hábito, de nuevo con anchas orlas recorriendo los ribetes del manto, aunque en este caso se combinan motivos esgrafiados con otros aplicados a punta de pincel, lo que parece indicar que Marcelo Martínez, autor de la policromía7, habría sido obligado por los jesuitas a retocarla para mejorarla, detalles que se pusieron al descubierto durante la citada restauración.

Tanto la escultura de San Ignacio de Loyola, como la de San Francisco Javier, obras maestras de un Gregorio Fernández en plena madurez, siguen presidiendo los retablos colaterales del crucero que ocuparan en la que fuera la iglesia de la antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús en Valladolid, que, tras la expulsión de los jesuitas por orden de Carlos III en 1767, fue reconvertida, bajo patronato real, en la iglesia de San Miguel y San Julián, manteniendo la advocación de dos templos que se hallaban muy próximos y que fueron derribados por su estado ruinoso.   
       
San Francisco Javier en su retablo de la iglesia de San Miguel de Valladolid

Informe y fotografías: J. M. Travieso.





NOTAS

1 FRAY DIEGO DE SAN JOSÉ: Compendio de las solemnes fiestas que en toda España se hicieron en la Beatificación de N. B. M Teresa de Jesús fundadora de la Reformación de Descalzos y Descalzas de N. S. del Carmen: en prosa y verso por fray Diego de San Joseph, religioso de la misma Reforma. Impreso por la viuda de Alonso Martín, Madrid, 1615.

2 Relación de la fiesta que se hizo en el convento del Carmen Calzado de Valladolid, en de Santa Teresa de Jesús, por un devoto suyo. Original conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid y dado a conocer por Jesús Urrea Fernández.

3 AMIGO VÁZQUEZ, Lourdes. Celebrando fiestas en Valladolid en honor de Teresa de Ávila (1614 y 1622). En URREA, Jesús. Teresa de Jesús y Valladolid. La Santa, la Orden y el Convento. Ayuntamiento de Valladolid, 2015, pp. 37-59.

4 MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y CANO GARDOQUI, José Luis: San Ignacio de Loyola. En Testigos - Las Edades del Hombre, Ávila, 2004, p. 243.

5 PARRADO DEL OLMO, Jesús María: San Ignacio de Loyola. En Teresa de Jesús. Maestra de Oración - Las Edades del Hombre, Ávila/Alba de Tormes, 2015, p. 440.  

6 URREA FERNÁNDEZ, Jesús: Gregorio Fernández 1576-1636. Fundación Santander Central Hispano, Valladolid, 1999, p. 112.

7 CANO GARDOQUI, José Luis: San Ignacio de Loyola. En Testigos - Las Edades del Hombre, Ávila, 2004, p. 242.

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